No me considero una persona que borra palabras de su vocabulario. Deshacerse de ellas es un concepto que se puso de moda como idea inspiracional. “Fracaso” es un ejemplo de ello. ¿Cuántos sugieren que la olvides y la hagas a un lado? Yo, personalmente, creo que ese destierro no es necesario, el fracaso, LOS fracasos, son parte de la vida y la única forma de superarlos es perdiéndoles el miedo, confrontándolos y convirtiéndolos en algo positivo.

Como bien sabemos, fracasar en lo que hagamos es algo muy natural. Me atrevo a decir que lo hacemos a diario; emprendemos, materializamos ideas y nos embarcamos en relaciones nuevas. Todo esto puede terminar en algo muy diferente de lo que deseábamos pero reconstruirnos después de esa desilusión es el regalo que nos la vida.

No dejarnos vencer es lo que nos empodera y nos fortalece; por eso, las biografías de la gente que fracasó varias veces en su camino nos entusiasman tanto, porque detrás de cada caída se levanta la luz de la experiencia. Sin el fracaso ésta es nula, sin el fracaso la experiencia no tiene lugar. A lo largo de mi vida he vivido cientos de fracasos, mínimos y mayores, importantes y casi invisibles; familiares, personales y profesionales. Todos dolorosos, algunos desgarradores; sin embargo al mirar hacia atrás puedo identificar las enseñanzas de cada uno y estoy segura de que aunque caminan conmigo, ya no lo hacen como algo negativo sino, por el contrario, me empujan cada vez que mi cuerpo decide retroceder. Mi padre me preguntó hace un par de días si tenía algo planeado en caso del fracaso. Mi respuesta fue “Si, voy a escribir otra y otra y otra vez más.”

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