Mariano experimentó en ese instante un viaje fuera de su cuerpo, se vio flotando sobre la tina y abrazando a Mila; hizo una pausa y disfrutó la escena pero le gustó la idea de seguir subiendo. Salió por el techo, ascendiendo de espaldas y parando en un punto donde logró contemplar la metrópoli en su totalidad; tomó aliento y disfrutó de la vista, Nueva York parecía una pintura al óleo con pequeños brochazos de color verde que creaban movimiento. Se armó de valor y continuó su viaje hasta llegar a la parte más baja de la estratósfera donde pudo distinguir la curvatura de la tierra, dibujada a lo lejos con azul y blanco. Sus ojos pidieron más perspectiva y lo impulsaron a seguir separándose del lugar donde vivía. A instantes de tocar la exosfera pudo ver la mitad del mundo, atrás se encontraba la luna  y el planeta lucía tan tranquilo que a Mariano le pareció ridícula la palabra guerra. Nunca entró en pánico, no le faltó el oxígeno y el ritmo de su respiración era de un tempo perfecto. Fue entonces cuando sucedió algo curioso, desde esa perspectiva él pudo distinguir cómo se trazó una recta de occidente a oriente sobre todo el globo terráqueo. Era la línea de su vida. Del lado izquierdo comenzaba su historia y terminaba, a lo lejos, del lado derecho. Cada instante se encontraba plasmado en el eje permitiéndole observar toda su existencia. Comprendiendo el regalo que se le entregaba, Mariano descubrió que podía aterrizar en cualquier etapa, escoger su preferida y revivirla. Examinó cuidadosamente de izquierda a derecha y se vio a si mismo habitando sus diferentes fases; hizo una pausa para analizar cada una de ellas; él, de niño,  jugando con un avión amarillo que su mama aún conserva, preparándose para salir a la primera fiesta de la escuela y de la mano con una mujer de pelo negro caminando en una playa. A lo lejos vio su futuro con Mila que lucía mayor y contenta. Fue entonces cuando escogió la vivencia en la cual aterrizar y comenzó a descender directo a ella con la misma velocidad de un meteorito. La rapidez produjo fricción creando una cola de fuego que lo acompañó hasta su destino. Conforme descendía, su meta se veía más clara y grande, volvió a ver la ciudad, sus árboles y sus coches amarillos; entró por el techo del hotel y recorrió cada uno de sus cuartos hasta llegar a su momento preferido, el mismo que dejó minutos atrás, antes de comenzar el viaje, aterrizó en la bañera con el amor de su vida arriba de él acariciando su cara y dándole besos. “Soy feliz” Pensó “Mi presente es lo único que me interesa.”

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