La inscripción estaba labrada en una tumba muy bien cuidada. Lo que Mariano siente es tan potente que tiene que ponerse en cuclillas para no perder el equilibrio. Una vez más vuelve al pasado, al entierro de su padre. Recuerda que en ese momento no comprendía nada de la enormidad del evento, lo único que sabía era que quería morir, pero no de tristeza, sino para ir a ese mundo al que su papá había ido. Recuerda también que, cuando echaron la tierra arriba del féretro, comenzaron a pasar por su mente ideas de qué hacer para morirse, y como a su edad no entendía mucho sobre la muerte sus métodos eran, más bien, surrealistas. No eran formas de suicidio, eran viajes. Quería tomar un avión y quedarse en el cielo, donde las abuelas le dijeron que estaba su padre. Quizá dormir más de la cuenta, no despertar nunca y experimentar ese “sueño eterno” del que había hablado uno de los asistentes al funeral.  Su madre mientras tanto, no lloraba y sujetaba las manos de sus dos hijos mientras los protegía de aquel momento atroz. En Los Ángeles casi no llueve pero ese día empezó a diluviar; la familia se refugió en el coche donde su mamá les contó historias divertidas y alentadoras sobre su esposo y les regaló un recuerdo agradable en medio del dolor. Les entregó dos cosas. A su hermano le dio el anillo de su padre y a Mariano su reloj.  Objeto que se volvió parte esencial de su vida.

El reloj iba con él en todos sus viajes; cuando algo malo pasaba, lo tomaba y lo apretaba fuerte y de alguna manera recuperaba a su padre, que gentilmente le indicaba la hora, ayudándole a no llegar tarde a ningún lugar. Siempre puntual con sus promesas, puntuales sus latidos y puntual su madurez.

El encuentro de los peces Koi

Capítulo 9

– COMENTARIOS –

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *