(…)Mariano dependía de Mila, y ella de él, pero los dos sabían que eso no era algo negativo, lo sentían como un regalo. Su amor le dejó ver que las cadenas invisibles, con las que ella lo había atrapado, eran precisamente las que lo liberaron. Esa relación le enseñó a reconocer su idiosincrasia y, sobre todo, a valorarla. El sentimiento le abrió los ojos y las cosas se volvieron cristalinas como un lago de montaña; se observó como un  animal mamífero que viajaba por la galaxia sobre una bola orgánica y disfrutó tanto la simplicidad de la visión que se dejó invadir por ella. Como resultado, poco a poco, se olvidó de tomar en serio su existencia. Algo dentro de él le decía que ya sabía estas cosas al nacer pero lo nublaron los fantasmas de otros, como también lo hizo su propia lucha por ser perfecto. Ahora, que todo le regresaba a la memoria del alma, sentía como si hubiera venido a la tierra solo a olvidar su sabiduría interna.

El encuentro de los peces Koi

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