Insisto en que ha llegado el momento de rehabilitar el lenguaje. La conversación es quizá la única herramienta que tenemos los humanos para lograr la paz y evitar la guerra. Debemos ser cuidadosos y precisos con nuestro idioma, con nuestras palabras y con nuestras entonaciones. La era del internet y de la información “fácil”, han lastimado al habla. Utilizamos constantemente las palabras de una forma incorrecta, formas verbales imprecisas y significados alterados para comunicar nuestras ideas y lo peor es que conscientemente aceptamos aquellas desviaciones y las impulsamos. Entonces, lo que sucede, es que se crean conceptos que en realidad son castillos de naipes, sin fuerza o fundamento. 

Me viene por ejemplo a la mente la palabra espiritualidad, la hemos lastimado y sobre utilizado estos últimos años. ¿Qué es realmente la espiritualidad? Comencemos quizá por entender primero lo que no necesariamente es. Espiritualidad no a fuerza tiene que ver con religión, no solo pertenece a los místicos o a los que creen en lo sobrenatural. No es algo que únicamente practican los creyentes, las religiones dharmáticas y sobre todo no pertenece a los que hacen yoga. En su libro “Waking Up”, Sam Harris explica que la palabra “spirit” se deriva del latín spiritus que es una traducción de la griega pneuma que significa “aliento” (breath en inglés).

Aliento, solo eso.

El problema es que en el siglo trece, la palabra se enredó con temas sobrenaturales e inmateriales que terminaron dándole un nuevo significado.

Para mí, como para muchos la espiritualidad es esa conexión interna que nos hace sentir plenos; ese aliento… ese estar vivos. Cuando escribo conecto con mi espiritualidad, cuando escucho música o cuando medito me conecto conmigo. Al ayudar a la sociedad desinteresadamente y salir de nosotros, viviendo así de adentro para fuera, manifestamos nuestra evolución espiritual. No es necesario ser religiosos, pensar en alguien que vive en lo alto o practicar algún método, para ejercitar nuestra espiritualidad. 

A eso me refiero con rehabilitar las palabras, esforzarnos un poco más y ser claros cuando hablamos. Es decir, respetar los conceptos originales sin reinventarlos o manejarlos a nuestro antojo o según nuestras necesidades. Es importante, necesitamos ser claros y entregar ideas definidas y precisas, porque solo así podremos comunicarnos sin ningún malentendido.

Aprendamos a diferenciar a la imaginación y la realidad: Ese es un gran comienzo para nuestra efectividad de lenguaje.  El “ejemplo del unicornio” es muy útil. Un unicornio tiene características conocidas por todos, sin embargo existe en nuestra imaginación y solo ahí. Es fantasía. Por eso se pintan, se hacen peluches y bolsas. Hasta que no llegue el día en que alguien vea uno de ellos caminando en las calles, la realidad individual dotará de colores, formas y movimientos distintos en cada mente y por eso un unicornio es solo imaginación. No es realidad.

Rehabilitemos el lenguaje y la forma en la que nos comunicamos porque solo así podremos llegar a un verdadero entendimiento universal. De ahí partirá nuestra tolerancia en este mundo tan globalizado. 

 

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